Hay personas que moldean el mundo con sus manos y no piden que nadie recuerde su nombre. Jesús Soto era así. Si hoy puedes quedarte sin palabras cuando ves la Cueva de los Verdes, el Mirador del Río o los Jameos del Agua, se lo debes todo a él.
Cuando se habla de Lanzarote y de su identidad tan única con esa armonía entre naturaleza volcánica, arquitectura y arte, el nombre que siempre surge es el de César Manrique. Y con razón ya que Manrique fue un genio que transformó su isla natal en una obra de arte viva. Ya hablamos de él en profundidad en nuestro artículo sobre César Manrique y el legado artístico de Lanzarote.
Pero hay otro nombre que siempre pasa desapercibido en noticias, museos o guías de viajes y que sin él probablemente no podríamos disfrutar de muchas de las obras que tenemos en la isla, al menos no tal como las conocemos hoy en día. Y ese nombre es el de Jesús Soto.
Pero, ¿Quién fue Jesús Soto Morales?
Jesús del Carmen Soto Morales nació en Fuerteventura en 1928, pero fue Lanzarote la isla que lo adoptó y a la que él entregó toda su vida, su talento y su mirada.
Lo que hace especialmente fascinante la historia de este hombre es que no llegó a la isla como arquitecto ni como artista reconocido. Era, en sus inicios, un joven electricista que reparaba las emisoras de radio de los barcos pesqueros.
Pero había algo diferente en él. Era un autodidacta, un lector voraz y un apasionado de la naturaleza.
Y fue precisamente esa forma de ver el mundo, sin los límites que una formación titulada podía haberle dado, lo que le permitió ver lo que otros (a excepción de Manrique) no veían en la isla: la lava, sus cuevas, el paisaje que otros veían como un obstáculo y que él entendió como un lienzo en el que trabajar.
El momento que lo cambió todo: la Cueva de los Verdes
Todo cambiaría en 1963, cuando la Cueva de los Verdes era todavía un simple “túnel” de casi 8 kilómetros erosionado por la lava.
Un historiador y un fotógrafo quisieron entrar en este espacio para buscar restos de aborígenes pero necesitaban a alguien que les ayudara a iluminar el camino durante la investigación.
Esa persona fue, de casualidad, Jesús Soto, que apareció con su equipo de electricista para hacer un trabajo más y que saldría de la Cueva de los Verdes cambiado por completo.
Lo que vino tras esta aventura fue uno de los trabajos de arquitectura e iluminación más importantes de la historia del paisajismo.
Diseñó un sistema de iluminación y acondicionamiento para casi 2 kilómetros de la ruta que son accesibles al público y para superarse aún más, creó un auditorio en las profundidades de la isla.
Un auditorio en el que expertos coinciden diciendo que es uno de los espacios con mejor audición del mundo, y debe de serlo cuando artistas como Mark Knopler acuden a él como uno de sus lugares favoritos.
La iluminación (por algo era electricista) no esconde la cueva, sino que le da vida: tonos rojizos, amarillos y negros dan textura a esa roca congelada en el tiempo.


La alianza que forjó Lanzarote: Soto y Manrique
En los años 60 otro isleño, César Manrique, estaba en lo más alto de su carrera. Vivía en Nueva York, rodeado de galerías y arte de vanguardia, consagrado como un artista de culto ya en su generación.
¿Y qué pudo hacerle volver a Lanzarote? Jesús Soto y ese imán que la isla tiene en cualquiera que la visite.
Así, a partir de 1968, los dos artistas trabajaron juntos en la construcción de los Centros de Arte, Cultura y Turismo de Lanzarote. Manrique con su toque artístico y Soto como la parte más técnica para hacer que esas grandes ideas pudieran trasladarse al mundo real.
Y juntos también trabajaron con la misma filosofía: no dejar huella en la isla. Que sus trabajos hicieran más admirable la naturaleza, no que la destruyeran.
Las obras de Jesús Soto en Lanzarote: un patrimonio invisible
Y justo esta filosofía es la que hace que su trabajo sea tan poco visible en ocasiones. Sus creaciones hacían a la naturaleza la protagonista por lo que su éxito era justamente ese: que pareciera que la mano humana no había pasado por allí.
Pero una vez que sabes qué mirar, ves la firma de Soto en todas partes. Son muchas sus obras, aunque algunas de las más importantes fueron:
El visionario de Timanfaya
Uno de los gestos más importantes de Jesús Soto fue proponer la declaración de Timanfaya como Parque Nacional.
La idea surgió después de leer un folleto sobre los parques naturales de Nuevo México. Pasó noches enteras a la intemperie, en las Montañas del Fuego, pensando cómo mostrar la naturaleza volcánica de Lanzarote sin perjudicarla.
El resultado fue la Ruta de los Volcanes, y el diseño del restaurante El Diablo: probablemente el restaurante más singular del mundo, donde la parrilla funciona con el calor geotérmico que emana de la tierra a 600 grados de temperatura.
Ningún chef del mundo tiene una cocina como esa y solo Soto la hizo posible.
¿Por qué no conocemos a Jesús Soto?
La respuesta es sencilla: por él mismo.
Jesús Soto era, según los que lo conocieron, un hombre muy modesto. Era reacio a cualquier exposición pública. No hablaba con la prensa. No buscaba los focos. Hacía su trabajo en silencio, con la convicción de que lo importante era el resultado y no él.
Mientras Manrique se convertía en el icono mediático y artístico de Lanzarote, Soto prefería quedarse en la cueva, casi literalmente, resolviendo los problemas técnicos que nadie conseguía.
En el año 2002, un año antes de su muerte, el Cabildo de Lanzarote decidió romper esa austeridad de Soto y lo reconoció como Hijo Adoptivo de la isla. Era la forma oficial de decirle: eres de los nuestros.
Lanzarote es hoy una isla extraordinaria. Una isla que ha sabido preservar su identidad frente al turismo masivo. Una isla que ha convertido su geología volcánica en arte.
Y entre todos los que lo hicieron posible, Jesús Soto fue una de las personas más importantes.
Así, que la próxima vez que visites Lanzarote y disfrutes del juego de luces de la Cueva de los Verdes, el calor de las parrillas de El Diablo o la belleza del Monumento del Campesino, recuerda su nombre.